Un valle, un paraíso.
Desde Manali, dejando atrás el Valle de Kullu, hay que continuar hacia el pueblo de Aut y tomar el desvío hacia Banjar, un pueblo con unos 1400 habitantes. Unos 9 km más adelante se encuentra Jibhi. El trayecto desde Manali son unos 100 km.

El Valle de Jibhi está situado en el Valle de Tirthan dentro del distrito de Kullu. Es famoso por sus exuberantes paisajes, arroyos cristalinos y majestuosas montañas. Los valles en esa zona son más cerrados, más profundos con frondosos bosques. También es una zona mucho más tranquila en lo que a turismo se refiere. Es un destino popular para los amantes de la naturaleza, ofrece senderismo y avistamiento de aves.
Después del desayuno en el hotel Mahin Cottage de Manali, pusimos rumbo al Valle de Jibhi. Verdaderamente era un viaje para tomárselo con calma, la carretera como la mayoría de ellas tenía tramos con muchos baches, el monzón ese año no tuvo compasión, pero aparte de eso es un trayecto para disfrutarlo, y recrearse en sus paisajes.

Aproximándonos a Banjar paramos en un puesto en la carretera para tomar algo, lo regentaba una amable señora, yo preferí disfrutar de la exuberante vegetación, aunque volveríamos a detenernos en de una ocasión.
Atravesamos el pueblo de Banjar, nos dirigíamos a Jibhi, comencé a ver hoteles y casas de huéspedes que se perdían en las montañas entre la vegetación. Era impresionante.
Llegamos a una zona de aparcamiento cerca de un riachuelo, alguien del hotel vendría a recoger el equipaje. Cruzamos un pequeño puente y comenzamos el ascenso, me daba pena del muchacho que vino por la maleta, pero no había forma de cogerle el paso.

El hotel estaba en la falda de la montaña, rodeado árboles y algún que otro campo sembrado donde los hombres trabajaban y cargaban a sus espaldas lo que habían sembrado. No se oía nada, solamente los pájaros, era un remanso de paz. Las habitaciones con sus balcones te ofrecían un espectáculo maravilloso. El hotel Cedar Stream House, era como la casa soñada en el paraíso.

Por la tarde Jagdish y yo nos fuimos a caminar por los alrededores, realmente era sorprendente, inmensos árboles, una vegetación sorprendente, el musgo adheridos a la corteza de los árboles y las piedras lo cubría casi todo. Llegamos a la cascada de Jibhi, un lugar tranquilo donde el ruido del agua te tranquilizaba, yo subí lo que pude, el último tramo no me atreví porque no estaba en muy buen estado, las lluvias habían roto algunos de los pequeños puentes y temía por mi cámara. En un puesto en el camino nos tomamos un té, aprovechamos el tiempo para una conversación tranquila, fue una sorpresa muy grata tener un interlocutor que dominaba el español a la perfección y me gusta escucharlo hablar de historia. La tarde se nos echaba encima y empezó a hacer un poco de fresco. Los amantes de la naturaleza disfrutarían de ese lugar.

De regreso al hotel pasamos por una zona que nos llamó mucho la atención, en el letrero que había en la carretera ponía “mini Tailandia”. Es una zona que cuenta con piscinas naturales y cascadas similares a los bosques tailandeses, también tienen una zona de recreo con restaurantes y bares.
Nosotros tres éramos los únicos clientes del hotel. Rinku se marchó, según él, a un templo solo para hinduistas y luego de marcha, Jagdish y yo cenamos tranquilos en el hotel, nos prepararon la cena solo para nosotros. Llegada la hora nos retiramos cada uno a nuestras habitaciones.

A la mañana siguiente cuando salí al balcón me quedé con la boca abierta, los rayos de sol intentaban penetrarse entre los árboles, era como un juego, donde la fortaleza de la vegetación quería atrapar el calor de los primeros rayos matinales. Me hubiese quedado en aquel lugar unos cuantos días más. Siempre que estoy en un lugar como ese, pienso cuanto tiempo de vida le queda, pienso cuando la mano del hombre llegará para apoderarse de ello.
Nos prepararon el desayuno en una terraza que estaba a medio construir, pero no importaba.

Rinku nos espera al otro lado del arroyo, donde dejamos el coche. El chico tuvo que bajar toda la pendiente con el equipaje otra vez, me asombraba la agilidad y firmeza con la que caminaba.
Pusimos en marcha de regreso, Jagdish hacía Kullu, Rinku y yo hacía Bir. Paramos en Aut para tomar algo en un restaurante con bonitas vista hacia el río Beas y despedirme del buen acompañante viajero que tuve.

Dejamos atrás Mandi y por la tarde llegamos a Bir a Rinku Homestay, donde su madre nos esperaba y su perro Bujo. Como siempre la señora Tano Devi, preparó una apetitosa cena.
Mi último día en Bir, lo dediqué a darme un masaje, los trayectos que habíamos hecho hicieron mella en mi espalda.

Después del almuerzo, pedí permiso para llevarme a Bujo a dar un paseo por los arrozales, era increíble como un perro que solo me conocía de unos días, estaba pendiente si me quedaba rezagada por el camino o por donde caminaba.
Como despedida quise invitar Tano Devi y Rinku a cenar todos juntos en el restaurante Pindj Kitchen, mientras llegaba la hora de la cena aproveché para hacer fotos a los parapentes, la temporada había comenzado.

Al día siguiente Rinku me llevó al aeropuerto de Dharamshala, tocaba regreso a España después de haber disfrutado de unos días por tierras del norte de la India “Himachal Pradesh”.